Recientemente tuve la oportunidad de participar en un Ironman 70.3 en Cartagena. Estamos hablando de 1.9 km de natación en mar abierto, 90 km de ciclismo y 21 km de atletismo, todo en condiciones de humedad y temperatura muy fuertes. No es posible lograr completar un desafío tan intenso sin prepararse físicamente o sin acondicionar el cuerpo y la mente para soportar todo lo que tienes que pasar en una prueba de estas. La cita del Ironman fue el pasado 1 de diciembre y fue un momento que definitivamente cambió mi vida y la visión completa de toda mi existencia.
El desafío no empezó ese mismo día, ni siquiera un año antes cuando me inscribí al evento, realmente había empezado hacía tres años cuando empecé a acondicionarme físicamente sin un objetivo específico más allá de sentirme y verme mejor. Poco a poco se fueron desvaneciendo limites que no sabía que tenía pero que sin duda me impedían pensar en cosas que simplemente consideraba imposibles.
Todo empezó por adquirir el hábito de correr. Al principio no lograba hacerlo consistentemente todos los días, lo hacía esporádicamente, unos días si y otros días no, pero poco a poco fui ganando disciplina y el tiempo que dedicaba a entrenar se empezó a volver más y más frecuente, empezó a convertirse en ese espacio infaltable y obligatorio de mi día, que sí o sí iba a cumplir independiente de las circunstancias, del clima, del estado de ánimo, de las tareas, en realidad de cualquier cosa, entrenar se volvió tan obligatorio como respirar.
Durante mucho tiempo intenté que algunas personas me acompañaran en este proceso, invité a familiares, amigos y colegas, y lo hice tan intensamente que me volví “cansón” para algunos, por lo que al final terminé desistiendo de esa posibilidad y entendiendo que este era un proceso que iba a tener que llevar a cabo completamente solo.
A medida que fui avanzando, y en varios momentos también empeorando por las lesiones, recibí críticas que me hacían pensar que solo estaba atravesando por la crisis de la mediana edad, o que me había vuelto completamente loco, fueron muchos los comentarios negativos que tuve que soportar.
Empecé a ver la soledad, el dolor, el miedo, el cansancio, la falta de ganas y el deseo de parar no como obstáculos indeseables, sino cómo compañeros del proceso, que simplemente me acompañaban todos los días, al comienzo sentía que me hablaban a gritos, pero poco a poco sólo me susurraban al oído de forma amable, hasta que aprendí a ignorarlos por completo.
En los últimos 12 meses de entrenamiento previos al Ironman, empecé a entrenar con un grupo de triatletas que me permitieron “acompañarlos” en sus rutinas, y que me motivaron a mejorar y a seguir adelante. Yo era el más lento, el más viejo y el menos entrenado de todos, siempre llegaba de último y esto me ayudó a dejar de pensar en ganar y enfocarme más en que simplemente tenía que terminar el recorrido y llegar sin rendirme. Me ayudaron a incursionar en la natación y en el ciclismo y durante ese año, pasé de cero a ser un triatleta aficionado que simplemente lograba recorrer la distancia en un tiempo mediocre.
Entrené con frío, con cansancio, con sueño, con estrés, con lluvia, con hambre, con dolor, con lesiones, y la frase “cuando no sienta motivación para entrenar, entrene sin motivación”, se volvió una ley de mi vida que tuve que aprender a costa de sentirla mucho, casi que a diario, tanto que me volví muy bueno en algo, en una sola cosa, en salir de la cama tan pronto sonaba el despertador y en ponerme la ropa de entrenar.
Cuando llegó el momento de la competencia, creí que había hecho todo para estar ahí y que era el momento de disfrutar el esfuerzo de todo este entrenamiento y no imaginé que todavía me quedaba la lección más importante de todas.
El día del viaje llegué al aeropuerto con suficiente anticipación, esperando no tener problemas en el abordaje, teniendo en cuenta que tenía que embarcar mi bicicleta y que esto tenía un procedimiento especial, el cual fue un absoluto caos que terminó haciéndome perder el vuelo y esperando varias horas sin saber si me iban a poder embarcar, confieso que llegué a pensar que mi participación en el Ironman había acabado sin siquiera llegar a Cartagena. Había decidido viajar dos días antes para hacer el registro, preparar toda la logística de la carrera y aclimatarme un poco a la temperatura y la humedad. Finalmente me embarcaron y logré llegar varias horas más tarde.
Todo estuvo normal hasta el día previo a la carrera, cuando empecé a sentirme enfermo, quizás por el agua del mar que había ingerido en mi último entrenamiento, que terminó generando una gastroenteritis, que me obligó a estar en cama, tomando suero para hidratarme y rezando al universo que no fuera a ser algo que me impidiera participar, creo que dormí un par de horas solamente por la ansiedad.
Llegó el día. Los pitazos con la señal de lanzarse al mar empezaron a sonar, íbamos entrando de cinco en cinco y una vez llegó mi turno fueron 45 minutos de natación que los sentí bastante cómodos, sin ninguna señal de mi malestar. Salí del mar un poco mareado, pero en buenas condiciones. La distancia entre ese punto y el lugar donde estaba la bicicleta era de unos 300 metros que tocaba recorrer descalzo en un camino bastante incómodo, pasando por un par de calles destapadas. Aquí tuve mi primer accidente: no calculé bien mi paso apresurado por un andén y me pegué en el dedo meñique del pie izquierdo tan fuertemente que me lo fracturé. Aunque no lo supe en ese momento, sentí que el pie se puso helado y que un corrientazo me cruzo toda la pierna, pero el calor, la adrenalina y las ganas de terminar me permitieron olvidar rápidamente el dolor e ignorarlo casi por completo. Me puse las medias y las zapatillas sin mirar mi pie, para evitar ver cualquier rastro de sangre me desenfocara y arranque la segunda parte de la prueba, me acople en el timón especial de la bicicleta de triatlón y me concentré en avanzar, prestándole atención a la hidratación y la nutrición para tener energía para terminar.
En el km 30 del recorrido, empecé a sentir que el manubrio comenzó a vibrar como si se hubiera soltado algún tornillo. Unos minutos después efectivamente pude sentir que se había aflojado y que se estaba moviendo cada vez más y más, hasta que simplemente no se sentía seguro ir correctamente posicionado en las barras aerodinámicas del manubrio, esto me obligó a soltarme y agarrarlo de la manera tradicional que no es tan cómoda para una prueba de esas. Todavía faltaban 60 km de recorrido, ¡mucho más de la mitad!
En este punto tenía un dedo fracturado y el manubrio de la bicicleta suelto, empecé a sentir que todo el plan de carrera se derrumbaba y que quizás el tiempo que había pensado hacer probablemente ya no fuera a lograrlo. Como pude intenté seguir enfocado sin perder la concentración en avanzar y llegar a la meta.
Terminando la prueba de ciclismo, los geles de nutrición combinados con la gastroenteritis empezaron a hacer estragos y empecé a tener retorcijones y dolor de estómago, por lo que tuve que tomar la decisión de no tomar ningún gel adicional a partir de ese momento y obviamente la energía se me desplomó en un instante.
Comencé a correr el medio maratón bastante desbaratado, con mucho malestar y con pensamientos incesantes de renunciar, ya no tenía un objetivo de tiempo, todo se trataba de pasar la meta o parar y claudicar.
¿Como hice para no rendirme?, lo primero que me ayudó mucho fue ver a mi esposa animándome en varias secciones de la carrera, incluso en un trayecto se puso a trotar conmigo mientras me daba un suero hidratante, que en esos momentos fue como un bálsamo de motivación para detener la mente. Lo segundo que hice fue pensar en mis hijas, no podía decirles que tuve que retirarme de la carrera, ese no es el mensaje que les quiero dar, la renuncia no es una opción. En tercer lugar, empecé a repetir mentalmente un mantra que bloqueó el ruido mental, “yo quiero, yo puedo, yo soy, yo voy…” lo repetí millones de veces sin parar. Por último, empecé a concentrarme en los 100 metros que tenía por delante, solo 100 metros, nada más que eso, luego en los siguientes 100 metros, y así, poco a poco fui avanzando.
Finalmente crucé la meta, una hora más tarde de lo que me había propuesto. Con una fractura, deshidratado, sin energía, con la dignidad en el piso y con una sensación agridulce de logro. Recuerdo pensar que ese era el último Ironman que quería hacer, jamás me sometería de nuevo a algo parecido.
Como pude llegué a mi hotel esa tarde, solo tuve energía para bañarme y comer algo ligero, y a dormir.
A la madrugada siguiente, todavía con la oscuridad de la madrugada, me paré en el balcón de la habitación escuchando el mar y el sonido del viento y pude pensar más claramente en lo que había logrado.
Vencí mis temores y mis miedos, vencí a esa voz interior que me pedía renunciar, vencí a mis dolores y molestias, vencí a la incomodidad, a la soledad, al frio, al cansancio, vencí a los comentarios sobre mi locura, vencí al destino que aflojó el manubrio de mi bicicleta, vencí al clima y la humedad, vencí a mi mente que me hablaba como a un enemigo y me gané a mi mismo. Ahora sé que soy mejor que antes, y también sé que en el próximo Ironman que haya voy a estar presente, nuevamente venciendo a todo lo que se me cruce, porque sin importar las condiciones, sé que podré lograr lo que me proponga.

